Columna de opinión publicada en El Calbucano y País Lobo por el Dr. Simón Urbina A., Director de la Escuela de Arqueología de la Universidad Austral de Chile (Sede Puerto Montt).

Las ciudades son uno de los temas preferidos de la arqueología: perdidas y en ruinas, ocultas en la selva o cubiertas por metros de arena, son el escenario predilecto de esta ciencia histórica y antropológica. Las más antiguas, protagonistas de la llamada revolución urbana, aparecieron en distintos puntos del globo hacen más de 5000 años, pero cientos de otras fueron fundadas y abandonadas en un proceso que concita regularmente la atención del mundo científico y que hoy cobra vigencia al preguntarnos por el destino incierto de nuestras actuales ciudades: ¿las abandonaremos?, ¿seguirán creciendo hasta hacerse inviables?

Las tradiciones urbanas de todos los continentes varían entre sí y que cada modelo de ciudad depende de la sociedad que las produce y habita. Nuestras ciudades actuales son herederas de elementos ancestrales (milenarios y centenarios): su emplazamiento en confluencias o desembocaduras de ríos, el uso del damero, la disposición de las plazas y zonas residenciales periféricas que reciben a familias migrantes. Al constituirse en espacios de reunión de la diversidad social y cultural, la ciudad se transformó en crisol de desigualdad, donde conviven privilegios y pobreza; multietnicidad y segregación barrial por ocupación y estatus. Las ciudades han permitido vertebrar los territorios nacionales actuales y mejorar las condiciones de vida, pero los bajos niveles de planificación, el confinamiento de las teorías urbanísticas a los espacios académicos y la transacción aparentemente libre de terrenos en el mercado, han permitido que desigualdades urbanas se transformen en inequidades territoriales extendidas una fuente permanente de conflictos y desafíos para las políticas públicas y la investigación del futuro.

En Chile, las investigaciones arqueológicas han probado que, como en el resto de América, las principales ciudades hispanas fueron fundadas en territorios densamente poblados y con asentamientos habitados muchos siglos antes: Arica, La Serena, Santiago, Concepción, Villarrica, Valdivia, Osorno, Castro. Aunque las actas de los cabildos llamaban ciudades a núcleos que constituían inicialmente pequeñas villas o precarias aldeas, cabe recordar que las dos oleadas fundadoras de mediados del siglo XVI y XVIII establecieron la fisonomía de nuestra red urbana moderna. Hoy, según las estimaciones recientes del INE (2019) seis regiones entre Valparaíso y la Araucanía superan el millón de habitantes y más del 88% de la población chilena habita en ciudades cuyas capas arqueológicas superficiales transitamos cotidianamente.

En el último siglo, mientras la red ferroviaria estatal que articulaba desde Arica a Puerto Montt se transformó mayormente en un artefacto arqueológico, la concentración poblacional en las áreas metropolitanas de Santiago, Valparaíso y Concepción ha seguido su curso inexorable articuladas ahora por amplias carreteras concesionadas. Como ha planteado la consulta “cambiemos el mapa” de la Corporación Ciudades ¿ha llegado el momento de poner límites al crecimiento urbano?; ¿es el momento de pensar en redistribuir la población del país y fundar nuevas ciudades? Puesto que los efectos del centralismo, la segregación, el hacinamiento, las crisis climáticas, sociales y sanitarias nos imponen imaginar colectivamente nuestras ciudades del futuro, debemos transformar nuestra arquitectura tributaria y económica desconcentrando el poder político y el modo en que ocupamos nuestro territorio.

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